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Una violenta construcción para una conflictiva relación
La región de Tarapacá cuenta en su historia, una formación específica del Estado, aquel que fabrica a la sociedad, reduce la ciudadanía a un permiso jurídico y monopoliza el protagonismo histórico. La unidad política es transformada desde una nacionalidad, frontera y territorio de dominio. Tarapacá fue anexada legal y formalmente al territorio chileno después del tratado de Ancón de octubre de 1883, que puso fin a la guerra denominada del pacífico o del salitre. Siendo Tarapacá en esos momentos una provincia económicamente estratégica para Chile, el estado inició un proceso de socialización de la identidad nacional que se ha denominado, “chilenización” (González, 2004: 27).
Por otra parte, el gobierno peruano, especialmente bajo distintos gobiernos presionó ideológicamente a la población tarapaqueña para conservar su identidad peruana, con la esperanza de que Tarapacá fuera reintegrada al territorio de ese país. El conflicto generado entre estados instrumentalizado por una guerra, enlaza esta sección al centro chileno, que concluye con una formación de estado oligárquico diseccionado en nacionalidades distintas, generando ya desde aquí una clara especificidad, reunida en un análisis desde la ausencia por parte de este hasta la relación regional desde las oligarquías centrales.
Desde aquel específico proceso de conflicto bélico que significó la derrota de Perú y Bolivia con la consiguiente pérdida de los territorios de las actuales regiones de Tarapacá y Antofagasta. Desde el momento de la conquista militar y colonización económica, el Estado chileno asume la permanente defensa, integración y protección del espacio regional. La estrategia utilizada es multifacética y combina en el transcurso de la historia diferentes elementos que incluyen desde el incentivo al poblamiento demográfico, la socialización política de sus habitantes, la persistencia de una política educacional, respaldo a las acciones de la Iglesia católica, construcción de obras públicas que apoyan al empresariado nacional o extranjero, activa presencia militar y consolidación de una institucionalidad pública que administra los intereses del Estado de manera coherente con los planes de expansión y resguardo de las fronteras (Podestá, 2004). Desde el prisma de confección de la región de Tarapacá, asociado a la evolución de ambos estados y su correlación de carácter conflictiva tanto como dinámica, se fundamentará principalmente este artículo.
Históricamente la directa relación entre Estado y región se ha dado unívocamente en una direccionalidad económica, volviendo a reiterar este sentido, este proceso inacabado genera conflictos en la región y ciudad, ejerciendo una seria problemática a ser abordada, pues nunca se ha dado de cierta forma algún sentido de “descentralización” efectiva.
Lo tarapaqueño y su conflictiva relación con el estado, comenzó a operar como una categoría socialmente visible, una categoría que empezó a nutrirse de conceptos revindicativos como abandono estatal, desigualdad administrativa, despreocupación gubernativa, etc., un marcado sentimiento de abandono y desamparo se constituyó en un detonante eficaz para rearticular parte del tejido regional como respuesta a peticiones y requerimientos no satisfechos. “La comunidad provincial rápidamente se había dado cuenta que la política de la renta salitrera se había transformado en una visión económica sesgada que poco aportaba a la prosperidad de esta árida región” (Castro, 2002:24).
La constatación de este conflictivo vínculo con la administración estatal, dio inicio a un elemento analítico vinculado a la elaboración de estrategias de desarrollo con marcados rasgos endógenos.
Entonces las intenciones netamente económicas marcaron la pauta de la relación estado con la región hasta la crisis de 1930 (aunque siguen hasta la actualidad), y el activismo de las oligarquías de turno para un enriquecimiento como instrumento el estado. La relación de conflictividad nunca se ausentará en esta primera etapa y con el transcurso de la historia aquella marcada lucha contra el centralismo y la misma revaloración de la región y provincia, marcaron también pautas para el desarrollo de una identidad regional y cultural que es muy diferenciada a las ciudades del resto del país.
Hasta 1930 la pampa salitrera fue núcleo de atención estatal; posteriormente, entre las décadas de 1930 y 1950 el Estado privilegia proyectos, inversiones y acciones en la zona de Antofagasta apoyando el crecimiento de la industria del Cobre. A partir de 1950 y hasta el año 1973 el Estado privilegió Arica dejando en el abandono a Iquique. Esta situación se revierte desde 1974 en que el gobierno militar concentra en Iquique sus intereses estratégicos y deja la ciudad de Arica como zona de eventual conflicto bélico. (Podestá, 2004)
Aunque bien es sabido que los determinismos juegan a veces un mal juego, es innegable que la relación del Estado central con la región de Tarapacá es de ribetes económicos, como el más importante punto de relación entre ambos. Cuando uno desea a otra persona aquellos sentimientos son transformados, hasta el punto de cuidar lo que se tiene. En este caso el Estado chileno solo cuida sus propios intereses, menospreciando afectivamente a la región de Tarapacá en sus dimensiones culturales y políticas.
En definitiva, las riquezas del salitre y el guano, los recursos pelágicos del litoral, la importancia geopolítica de la zona y el afán expansionista del Estado chileno han sido el marco original en que se ha desarrollado la relación Estado-Región de Tarapacá. En la actualidad aquella relación se ve enmarcada nuevamente, con lo recursivo y dialéctico que es la historia, en una relación economicista por obra y gracia de un niño mimado por la nación de apodo cobre y apellido CORFO. Si bien en el pasado fueron el salitre y luego la pesca, hoy otro indicador de la relación estado- región que emerge como un gran tumbo que baña nuevamente las costas, aparece en el horizonte .Me refiero al turismo, como nos hizo saber la intendenta en un diario de la ciudad.
La idea no es menoscabar una labor sangrienta ejercida por años desde el centralismo, sino dar cuenta de los mecanismos utilizados. Tampoco destruir la identidad nacional, pero seguir reafirmando la regional. El ausentismo estatal es ya cosa del pasado, por ende la confirmación del estado en la región ha sido con pleno éxito, es decir, por medio de los distintos tipos de violencia, han asegurado para sí mismos una región que ostenta riquezas no sólo económicas y extractivas.
Mediante la presencia del Estado desde 1876, la región paralelamente ha sabido llevar en sus mástiles el peso de la historia, a sabido independiente del centro, construir una identidad sociocultural, política y económica particular, específica que logra diferenciarse, y que también desde las artes y las ciencias a llevado el nombre de la región lo más alto posible, destacando la labor de todos los que estamos insertos en la provincia y también en la ciudad.
La conflictiva y crítica relación con el centralismo, es una de las destacables miradas desde el prisma regional, siendo la ciudad y la región cuna de alzamientos obreros contra el Estado y llevando siempre la vanguardia del reconocimiento desde estas áridas y desérticas tierras. El hombre ha sobrellevado de manera creativa a la dominación central y abusiva, demostrando la gran capacidad de chilenos, peruanos, y bolivianos que insertos en la lógica de la macro región han sabido resistir.
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