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Si
bien se esta próximo a “celebrar” 200 años de vida
republicana, no es menos cierto que dentro de este contexto, la
ciudad y sobre todos las regiones del norte extremo celebrarán
solo 127 años de existencia como territorio nacional. Más
aun, estamos a sólo uno de cumplirse 100 años de la
Matanza de Santa María.
La
guerra del Pacífico y la acción realizada desde el
gobierno por los sectores progresistas de la burguesía,
aceleraron profundos cambios en la sociedad chilena.
En
las provincias de Tarapacá y el Loa, y mucho más
específicamente en las ciudades de Iquique y Antofagasta, se
produjo una activa e importante concentración proletaria;
mientras en 1880 habían nada menos que 2.848 operarios
enrolados en la producción de salitre, en 1890 esta cifra
alcanzo a 13.060, es decir, en diez años hubo un aumento del
370% aproximadamente.
Hay
que agregar estas cifras a los otros elementos de la economía
de aquel entonces la cual completaban obreros que trabajaban en
ferrocarriles, maestranzas, fundiciones, en los puertos, actividades
comerciales, la explotación de guaneras, de minas de plata de
cobre, etc. existían grandes oportunidades laborales, un gran
auge económico envolvía a la región y por cierto
a la ciudad un gran numero de actividades comerciales daba trabajo en
todo el país a miles de obreros.
Los
grandes centro urbanos y ciudades aumentaron en gran porcentaje su
población, la clase obrera chilena solo en esta región
cubría a mas o menos 150.000 individuos, habían
aumentado en un 50% desde 1879. El aumento de la clase obrera trae
como relación inversa la disminución del campesinado.
“La clase capitalista o burguesa, ha hecho evidentes progresos en
los últimos 50 años, pero muy notablemente después
de la guerra de conquista de 1879 en que la clase gobernante de chile
se anexo la región salitrera”. (Luis Emilio Recabarren,
1967, obras escogidas)
El gran
desarrollo del sindicalismo nacional e internacional debido a la
innumerable cantidad de obreros que existían en la región
por entonces, da pie también a lo indisociable del
planteamiento de la cuestión social en Chile y de la formación
de las primeras asociaciones obreras, como fueron las sociedades en
resistencia y las mancomunales, estas entraron en la historia como
las primeras organizaciones sindicales chilenas. Se gestaron en una
etapa de ascenso del movimiento obrero, estructurándose por
gremio, por provincia y, finalmente, a nivel nacional; es decir, era
una organización de trabajadores de carácter
territorial, experiencia que volverá a aplicarse, en cierta
medida, en los cordones industriales de 1971-1973.
Según
los estatutos, sus miembros debían pertenecer a la clase
obrera, tener 16 años como mínimo, asistir a reuniones,
dar una cuota del 5% del salario mensual para ahorro y pagar una
cuota de 20 centavos mensuales. Estos modestos ingresos permitían
a las mancomunales ofrecer servicios de carácter mutualista
como, por ejemplo, los reproducidos por el periódico “El
Trabajo” de Iquique (16-01-1904) :
“Este
socorro mutuo debe comprender el auxiliar a los miembros activos del
gremio en caso de enfermedad, la inhumación modesta y decente
de sus restos y la protección en caso de incendio”
El
1º de mayo de 1900 se formó la primera mancomunal con los
obreros portuarios de Iquique. Dos años después
agrupaba a 6.000 afiliados, extendiendo su influencia en todo el
Norte Grande. Sus principales dirigentes fueron Abdón Díaz
y Luis Varela, editores del periódico El Trabajo. En 1902, la
mancomunal presidida por Gregorio Trincado, dirigió una huelga
que paralizó durante 60 días el puerto de Iquique.
El
Chile y la nueva región nacional, aquella de la segunda mitad
del siglo XIX: un escenario de profundas injusticias sociales, de una
economía en expansión alimentado principalmente por
Capitales británicos aliados a la burguesía nacional,
que propiciaba un desarrollo económico dependiente, con
énfasis primordial en actividades mineras, como el salitre, la
plata y el carbón, así como también en el cobre
y en el área portuaria, la banca y el comercio. Este escenario
es propicio para el ordenamiento de poderosos movimientos sociales
apoyados por obreros que en su mayoría vivían en
condiciones a veces infrahumanas.
De
este contexto de organización y de agitación, nacen los
primeros núcleos de actividad anarquista. A veces nacen como
centros de estudios (el Centro de Estudios "Rebelión",
donde participaba el notable activista y organizador Magno Espinosa,
serán editores del primer periódico declaradamente
anarquista del país, "El Rebelde", en 1898), otras
veces como agrupaciones de carácter revolucionario (como la
Unión Socialista de 1897, de cierta influencia ácrata),
otras veces en torno a periódicos (a principios de siglo hay
gran proliferación de prensa anarquista como son el Rebelde,
el Ácrata, la Campaña, la Agitación, La
Antorcha, el Alba, la Luz, etc....) y por último, aparecen
decididamente como la orientación mayoritaria indeterminados
gremios (habrán gremios que durante largo tiempo serán
auténticos bastiones de las prácticas libertarias, como
los estucadores, pintores de brocha, zapateros, obreros gráficos,
panaderos, estibadores, etc....). Además, nacen en los
principales centros industriales y productivos del país.
Estos
núcleos anarquistas recibieron un importante estímulo
con la visita del notable anarquista italiano Pietro Gori en el año
1900, donde aprovechó de dar unas charlas y conferencias. El régimen
de explotación a que estaban sometidos los trabajadores fue
descrito en forma aguda por un testigo de la época:
“Los que más
ganan son los que trabajan en los cachucos, sacando los residuos del
caliche después de haberse extraído el líquido
en que se coció, lo cual no sería penoso sí se
esperara que aquello se enfriase (...) La oficina paga tanto por
fondeada y los operarios trabajan por cuadrillas; desarrollando una
gran actividad pueden alcanzar a despachar ocho fondadas al día,
lo que da en algunas oficinas ocho pesos por cada obrero, en otras un
poco menos (...) Los demás operarios, como los que conducen el
caliche de las canchas a las acendradoras y de estas a los cachucos,
los que sacan el salitre de las bateas, ganan jornales que varía
entre cuatro y cinco pesos”
El enclave
salitrero, como dijimos anteriormente, fue la principal fuente de
acumulación de capital de las empresas extranjeras pero, al
mismo tiempo, esta súper-explotación generó el
sector más combativo del proletariado chileno.
Esa economía de tipo enclave condicionó no sólo
el crecimiento de los obreros mineros sino también de otros
sectores de trabajadores, como los portuarios, lancheros y
ferroviarios que demandaba la comercialización del salitre.
[VER LA 2º PARTE]
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