Roberto Silva Renard
Escrito por cristian valacina   
domingo, 30 de septiembre de 2007

Antecedentes de un criminal, todo lo que se hace se paga

santamaria_plaza "El parte que el general Silva Renard ha pasado a las autoridades superiores sobre su valiente hazaña... es la expresión más genuina de la moral burguesa, es la revelación clara, evidente, de la falta de inteligencia de las llamadas clases superiores de la sociedad, es el exponente desnudo, es la expresión salvaje, bárbara, de los sentimientos y de las costumbres que todavía dominan en el ambiente burgués de Chile"

(Luis Emilio Recabarren)

Es importante este año para los miles de iquiqueños que sudan y transitan nuestras tierras, repletas de luchas sociales y reivindicativas. Este 2007 se cumplen 100 años de un hecho que quedaría sobrecogido por el horror, y también por la sordera de los empleadores y autoridades de la época (supieran aquellos obreros que el paso del tiempo solo ha transformado las peticiones de nuestros trabajadores, y que al final los peniques son idénticos).

Pero en esta historia hay un personaje que con su frialdad y sangre fría minimiza el hecho que dentro de los 7.000 huelguistas existe una historia familiar detrás de cada uno de ellos (nuevamente de vuelta al presente).

Roberto Silva Renard había nacido en Santiago en 1855. Durante 39 años prestó servicios en el ejército. A poco de iniciarse la contrarrevolución de 1891, siendo miembro del estado mayor de la guarnición de Santiago, se embarcó hacia el norte con el fin de pasarse al ejército que organizaba el prusiano Körner. Traicionó así al gobierno constitucional del presidente José Manuel Balmaceda. Su participación durante la guerra civil en el bando reaccionario, le valió el ascenso a coronel. En 1903 actuó como fiscal militar ad hoc en el proceso por la masacre que ese año perpetraron efectivos del ejército contra los obreros del puerto de Valparaíso. Naturalmente, concluyó que los culpables eran las víctimas. El 17 de septiembre de 1904 encabezó las tropas que masacraron a los obreros en la huelga de la oficina salitrera Chile. El saldo fue de 13 muertos y 32 heridos.

Cuando en octubre de 1905 se produjeron en Santiago masivas manifestaciones en protesta por el impuesto a la carne argentina, la guarnición militar se encontraba en maniobras fuera de la capital. Se hizo regresar a las tropas, que al mando de Silva Renard perpetraron una nueva masacre. 70 manifestantes murieron 300 quedaron heridos y otros 530 fueron detenidos.

Antes de producirse los hechos que tristemente el estado calló y que solo la noticia fue traspasada de “voz en voz”, el celebre coronel ya llevaba una “carrera” de asesinatos y disoluciones huelguistas, pero que solo aquel 21 de diciembre por sí solo se encargaría de ajusticiar. El 21 de noviembre de 1907 el periódico La Voz del Obrero, de Taltal, publicó el pliego de peticiones de los obreros del salitre. No solicitaban nada del otro mundo, pero los patrones, muchos de ellos ingleses, no respondieron. El 10 de diciembre los trabajadores de la Oficina San Lorenzo declararon la huelga.En dos días el paro se extendió por toda la pampa de Tarapacá. El 13, las primeras columnas de obreros, mujeres y niños marcharon hacia Iquique. El 15 llegaron los primeros pampinos a ese puerto. Cuando el número aumentó, las autoridades los destinaron a la Escuela Santa María.

El jueves 19 de Diciembre llegó en un barco de guerra el intendente de Iquique, Carlos Eastman. Fue recibido con alegría por los huelguistas pues creyeron que traía la solución del conflicto que ofrecía el presidente Pedro Montt. El coronel Roberto Silva Renard acompañaba al intendente.

Elías Lafertte, testigo ocular de los hechos, relata: “Hacia las 3.30 a cuatro de la tarde, terrible expectación reinaba en el interior de la Escuela Santa María. Tropas del ejército apuntaban sus fusiles contra los obreros y contra la azotea, donde se hallaba en reunión permanente la dirección del movimiento. En cuanto a las ametralladoras en manos de marineros de los barcos surtos en la bahía, estaban dirigidas directamente contra las apretadas filas de pampinos. A esa hora entró el coronel Roberto Silva Renard montado, como Napoleón, en un caballo blanco para esta desigual batalla. Un corneta que iba a su lado lanzó al aire algunas notas de su instrumento, las cuales provocaron uno de esos pavorosos silencios anunciadores de cosas terribles”.El coronel “hizo tocar atención a su corneta y dio la orden del crimen. Fríamente dio la orden de fuego. El ruido de los disparos fue ensordecedor (…)

Una orden se escuchó dar, reza una canción de un conocido grupo nacional. Aquella orden no solo traería consecuencias históricas ineludibles, si no, consecuencias para la propia vida de este general, antecesor de otro conocido y más moderno tirano. Uno de los tantos acribillados en la Escuela Santa María fue un ciudadano español de nombre Manuel Vaca, obrero de la oficina salitrera JASPAMPA. Su medio hermano Antonio Ramón Ramón hizo justicia por sus propias manos un 14 de diciembre de 1914, según fuentes oficiales. Anarquista español, vengó el asesinato de cientos de obreros y sus familias en Iquique apuñalando al coronel Silva Renard, quien había dado la orden de la matanza. Atentado del que el genocida libró con vida, pero que pronto lo llevó a la tumba.

El general Roberto caminaba tranquilamente por la calle Viel, en la ciudad de Santiago -en las proximidades del Parque Cousiño, hoy Parque O’Higgins-, en dirección a su despacho en la Fábrica de Cartuchos del Ejército, en la cual se desempeñaba como director. Eran como las 10.15 de la mañana... Roberto Silva Renard se sorprendió al sentir en la espalda aquel golpe seco que hizo doblegarse sus rodillas y distender sus esfínteres. Por la espalda y entre sus piernas sendos líquidos tibios comenzaron a descender. Intentó girar para ver el origen de su dolor, pero en ese momento un segundo golpe, esta vez a la altura de su oreja izquierda, lo lanzó sobre la ventana de una de las casas de la calle Viel. Y fue en ese entonces en donde la justicia popular hace su triunfal entrada, en donde todos sabían que aquel coronel jamás sería sentenciado por la justicia nacional, pero la voz obrera y el clamor popular vencieron a la frágil y desigual justicia chilena que aunque no haga ejecutar su poder contra quienes lo merecen, la historia podrá juzgar a los cobardes y sobre todo a quienes sobrepasan el derecho de voz proletaria, como diría un presidente mártir: la historia los juzgará ( cierto que si?).

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