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A Raul "Coto" Cubillos Pizarro PDF Imprimir E-Mail
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Escrito por waldo sembler pino   
jueves, 27 de marzo de 2008

(Q.E.P.D.)

Y en el combate final por la vida, cayó el gladiador.  

Con sus manos cansadas de tanto luchar en la vida. 

Con su vista baja de tanto tenerla al frente mirando al rival o mirando a la vieja calichera en que vivió. 

Con su pecho recogido de tanto latir su corazón de hombre de la pampa que a la gloria le llevó venciendo en el ring o venciendo en la jornada de cada día bajo el sol abrazador. 

Con sus hombros ya caídos de tanto cargar el peso de los innumerables triunfos en el rudo deporte de los puños y de tanto cargar los días, meses y años de su glorioso pasado en las filarmónicas que lo vieron lucir la misma gracia del ring conquistando a Claudina, su mujer de toda la vida. 

Con su voz ya silenciada para siempre, con la que entregaba con humildad un saludo al amigo de sus años mozos, a los niños de las escuelas en las que prestó servicios, a los vecinos de su barrio. 

Con sus piernas ya quietas que no finteaban sobre la lona que cubría un piso de apolilladas tablas en los cuadriláteros de box de su vida o que no acompasaban un viejo tango en las fiestas de sus amigos mapochinos, 

Con su cabeza calva que ya no peinaba la gomina de su juventud o no esquivaba los embates del rival en el round de su última pelea, o de esa que le coronó como Campeón de Tarapacá.

 

Así, con todo ese tesoro que era sólo de él, se durmió Raúl “Cotito” Cubillos.

Como hombre sencillo que fue, amante de todos y amado por todos, dejó en la vida el espacio de los grandes; esos espacios que no pueden ser cubiertos por nadie, esos espacios que siempre, para toda la vida, serán sólo de ellos, de los que brillaron en el cielo de la pampa por las noches y de los que cruzaron caminos polvorientos bajo el sol dorado y sobre la costra y la crujidera de la tarde cuando el crepúsculo anunciaba en Mapocho el término de la jornada y conducía a cada cual a sus afanes personales.  A Cotito lo llevaba al gimnasio a practicar con elegancia, con clase, con prestancia, con virtud el deporte que él amaba, el boxeo de los rudos hombres que enganchados una vez llegaron el norte a lucir su estirpe de chileno.

Hace pocos días sonó la campana antes del término del combate, pues el mejor de muchos decidió cerrar los ojos para siempre y dejar que su combate final no fuera una derrota, sino un término anticipado por retiro, un término anticipado pues sus 85 años de edad le pasaban la cuenta y le llamaban a cambiar de categoría: dejar la categoría mosca en que tanto destacó y subir a la categoría superior, allá donde los más grandes lucen sus condiciones y aptitudes frente a Dios.   

Desde luego, dejó de tañir la campana que a orillas del ring anunciaba cada vuelta en sus combates de boxeo y también las otras, las campanas de las escuelas 4,  16 y D 90 en que Cotito se esmeró en servir como auxiliar de servicios con la misma pulcritud con que lo hizo en sus labores del salitre.   

Se silenciaron las campanas terrenales para un grande que se fue y comenzaron a sonar las campanas celestiales que anunciaban la entrada al cielo del eterno campeón de Tarapacá, del caballero, del ring y de la vida, del inolvidable Raúl “Coto” Cubillos Pizarro, que descanse en paz.
 

Desde Concepción

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